Donostia 1951: gatos, turistas y el abandono franquista
Hace 75 años, los gatos dormían la siesta en los escaparates de Donostia mientras el régimen de Franco dejaba caer a los barrios populares en la más absoluta indiferencia. Un viaje a la memoria colectiva de una ciudad que, pese a la dictadura, seguía viva, curiosa y resistente.
Los gatos que miraban al régimen con indiferencia
En la calle Bengoechea, un gato dormía plácidamente en el lavabo de muestra de un comercio. En la calle Andía, otro felino había sentado sus reales sin hacer caso a nadie, mirando a través del vidrio sin que nadie supiera a qué o a quién miraba. Lo contaba El Diario Vasco en su sección 'Ecos de Sociedad' el 12 de junio de 1951.
Ya puede usted golpear el cristal, ya puede usted crear el mayor ruido, mas no logrará despertar al felino.
Aquellos gatos se sabían seguros. Soñaban con sus ratones, sus tejados, sus lunas y sus aleros. Con sus bocartas y con sus temidos perros. Casi era tendencia la presencia felina en los escaparates donostiarras. No se sabía qué miraban, pero está claro que los rótulos de las calles, esos sí, eran casi ilegibles.
Unas calles sin nombre, una ciudad sin derechos
Si los gatos parecían ajenos al desastre, las calles de Donostia gritaban el abandono institucional. Las placas indicadoras estaban sucias, desconchadas o despintadas. En la calle de San Francisco, a su entrada por la Avenida de Navarra, ni siquiera existía un letrero. Lo denunciaba la sección 'Saski-naski' del periódico local.
Los vecinos pedían lo más básico: rotulación al comienzo y al final de cada calle, y letreros intermedios en las vías más largas para no tener que andar preguntando. Pero en la España franquista, hasta leer el nombre de tu propia calle era un lujo.
Turistas sí, agua no: la doble cara de Donostia
Mientras los gatos dormían y las calles carecían de nombre, la ciudad se llenaba de turistas extranjeros. Franceses, ingleses, portugueses, belgas y suizos paseaban su curiosidad por los escaparates donostiarras y hacían compras de todo tipo. El reportero Alfredo R. Antigüedad calculaba que el turismo extranjero en 1951 era cuatro veces superior al de años anteriores.
Pero la postal turística escondía otra realidad. En el barrio de Egia, los vecinos se quejaban de la falta de agua caliente en la casa de baños de Atocha antes de las ocho de la mañana. Las amas de casa estaban preocupadas porque el agua ya faltaba en los pisos altos, a pesar de las lluvias del invierno y la primavera. Temblaban pensando en el verano.
Tiemblan pensando en el verano y en que también este año les falle el agua.
Además, Egia no contaba con una línea de autobús que subiera al barrio. Tendrían que esperar hasta el 15 de junio de 1953 para que se pusiera en funcionamiento. Dos años más de abandono.
La memoria como herramienta de resistencia
Recorrer la Donostia de 1951 es recordar que, bajo la dictadura, la normalidad era un privilegio. Los gatos de los escaparates dormían tranquilos porque no dependían de un Estado que ignoraba a sus ciudadanos. Los vecinos de Egia, en cambio, sabían lo que era vivir en los márgenes de una ciudad que se vendía al exterior mientras se pudría por dentro.
La memoria histórica no sirve solo para mirar atrás. Sirve para entender por qué la reclamación de los derechos sociales, de los servicios públicos y de la dignidad de los barrios sigue siendo hoy una lucha vigente. Donostia merecía mejor en 1951. Y merece mejor ahora.