Barcelona recuerda con una placa donde el tranvía mató a Gaudí
Hace justo un siglo, el genio de la Sagrada Família acababa en el suelo, arrollado por un tranvía y confundido con un indigente. Cuatro conductores le dejaron tirado. Ahora, el distrito del Eixample ha querido dignificar aquel punto exacto de la Gran Via con una placa que reivindica la memoria del arquitecto más importante de la ciudad.
Antonia Samdi y la indiferencia de una ciudad clasista
Era el 7 de junio de 1926. Gaudí cruzaba la Gran Via de camino a la misa de Sant Felip Neri. Llevaba los evangelios en un bolsillo y la ropa sujeta con imperdibles, como un punk de la época antes de que existieran los piercings. Un tranvía de la línea 30 le arrolló. Los cuatro primeros conductores que le vieron caído no pararon. Solo el quinto se apiadó de aquel hombre mayor que yacía en el asfalto.
Le llevaron a la casa de socorro de la Ronda Sant Pere. Con aquella barba y aquel aspecto, el sistema le etiquetó como vagabundo. Balbuceó su nombre, pero las enfermeras no le entendieron. Anotaron Antonia Samdi. Como si la barba no fuera suficiente prueba de que era un hombre. Es la prueba perfecta de cómo la apariencia dicta el valor de una vida en esta sociedad. Si no pareces tener dinero, simplemente no existes.
El progreso que arrasaba barrios: el tranvía como máquina de matar
Que fuera un tranvía el vehículo que le segó la vida es una ironía brutal. Gaudí era de los que pensaba que coches y bicicletas debían parar ante el peatón. Pero un tranvía es otra historia. El tranvía era el gran símbolo del progreso liberal de la época, y arrasaba literalmente con la gente de a pie. En Sants le llamaban Herodes por la cantidad de críos que aplastaba. En el Clot le decían la Guillotina, porque pasaba tan cerca de las paredes que más de uno perdió la cabeza por asomarse a la ventana.
La ironía va más allá. Años atrás, Gaudí trabajó en la catedral de Palma de Mallorca. La jerarquía eclesiástica y la prensa local, siempre tan dadas a criticar lo que no controlan, se burlaron de su estilo. Dijeron que su ornamentación parecía un tranvía incrustado en mitad de la iglesia. Él se lo tomó con humor.
Acaso no son bonitos los tranvías, respondió Gaudí. No podía imaginar que aquel invento liberal le mataría.
La noche más larga y un hospital que le ignoró
Gaudí era un reloj humano. Aquella noche, el mosén de la Sagrada Família se asustó al ver que no regresaba. Empezó una búsqueda desesperada. Fueron a la casa de socorro, le describieron y dedujeron que era él por los imperdibles, pero ya no estaba. Le dijeron que estaba en el Clinic, pero era mentira. Estaba en el Hospital de la Santa Creu.
Cuando llegaron allí, las autoridades del centro les dijeron que se equivocaban, que si Gaudí estuviera ahí ellos lo sabrían. Lo tienen y no lo saben, respondieron sus allegados. Y así era. El genio estaba tirado en la sala de contusionados, sin que nadie le prestara atención. Solo cuando se descubrió quién era, en un pispás le buscaron una habitación de pago. Tres días después, el 10 de junio, murió.
Tuvo algunos momentos de lucidez para pedir los santos sacramentos y musitar Jesús, dios mío. Su habitación se llenó de políticos de la época como Francesc Cambó, arquitectos como Puig i Cadafalch y periodistas buscando la necrológica. Curioso cómo cuando se sabe que eres alguien importante, todos quieren estar cerca. Cuando parecías un pobre, ni siquiera te atendían.
La placa que reivindica la memoria
Han pasado 100 años y es una vergüenza que nadie hubiera puesto una placa antes. El presidente de CorEixample, Xavier Llobet, lo pidió en noviembre en un pleno del distrito. El concejal Jordi Vals recogió el guante sin hacer ruido y por fin se ha inaugurado. Un pequeño gesto para recordar no solo al genio, sino también a la ciudad que le dejó morir.