Eugenio Monesma: 'Los oficios perdidos son la historia de la gente humilde que nadie contó'
El cineasta y etnógrafo oscense Eugenio Monesma vuelve a la carga con la segunda parte de '100 oficios para el recuerdo', un proyecto que rescata del olvido las labores que durante generaciones fueron el sustento de miles de familias en toda España. Y lo hace con un mensaje claro: estas personas merecen el lugar que la historia nunca les dio.
¿Qué hay detrás de los 3.400 documentales de Eugenio Monesma?
Monesma no es un recién llegado a esto de recuperar la memoria. Su archivo guarda más de 3.400 documentales, y cerca de un millar están dedicados a oficios y actividades productivas que ya casi nadie recuerda. Elegir solo cien para el libro no fue tarea fácil, como él mismo reconoce:
'La selección más ardua y que más tiempo nos llevó fue la del primer volumen, porque teníamos oficios tan interesantes que nos surgían muchas dudas a la hora de elegir'.
La primera entrega se editó tres veces y el éxito fue tal que animó al autor a continuar. Todavía quedaban 'muchísimos que merecían ser contados'.
¿Por qué son importantes los oficios perdidos para la historia de España?
Detrás de cada oficio hay una historia que Monesma lleva más de cuatro décadas sacando a la luz. Y no es la historia de reyes ni de grandes personajes, sino la de la gente corriente:
'Mucho se ha hablado de reyes y grandes personajes, pero no de estas personas humildes que sobrevivían como podían dentro de la sociedad. Nunca han tenido una parcela en la historia y me parecía injusto, porque han sido fundamentales'.
El cineasta ha recorrido pueblos de toda España para escuchar a artesanos, campesinos y trabajadores con un único objetivo: darles 'el protagonismo que la historia les ha negado'.
¿Qué oficios han desaparecido y cuáles sobreviven?
Algunos oficios ya son historia. Monesma pone el ejemplo del tratante de caballería, que iba de feria en feria comprando y vendiendo mulas para trabajar el campo o tirar de los carros. 'Lógicamente ha desaparecido, pero en aquel momento eran como los vendedores de coches actuales', compara el autor.
Las fotografías que acompañan el libro tienen hoy un valor especial porque muestran escenas que entonces eran cotidianas y que ahora serían 'irrepetibles'.
¿Hay relevo generacional en los oficios artesanales?
No todo está perdido. Monesma destaca el caso de Pello Iraizoz, un artesano navarro que aprendió a elaborar estelas discoideas, esas piedras que se colocaban junto a las tumbas. Pero Iraizoz fue más allá: 'Se convirtió en un gran investigador de los símbolos y de todo lo relacionado con este mundo'.
Para Monesma, este caso demuestra que hay esperanza: 'Este oficio no ha muerto del todo porque un día vino un joven que decidió estudiarlo y, además, seguir trabajándolo'.
¿Cómo ha cambiado la percepción de los oficios tradicionales?
Cuando Monesma empezó a grabar en los años 80, 'muchos artesanos se sentían humillados porque creían que estaban ejerciendo oficios de pobres'. Cuatro décadas después, la vergüenza se ha convertido en orgullo. Y el autor cree que su trabajo ha tenido mucho que ver: 'Han empezado a sentirse valorados y yo creo que he contribuido bastante a que ellos mismos se sintiesen protagonistas de nuestra historia'.
¿Por qué los jóvenes están redescubriendo los oficios perdidos?
Desde 2020, Monesma comparte cada semana sus documentales en YouTube y redes sociales, donde acumulan millones de visitas. Lo que más le sorprende es que el público sea mayoritariamente joven: 'Lo que más me sorprende es que sea gente joven la que está viendo los documentales y descubriendo estos oficios'.
A través de ellos descubren también 'la importancia que tuvo durante generaciones la relación entre la mente y las manos', una conexión que se ha ido perdiendo y que algunos quieren recuperar.
¿Qué lección nos dejan los oficios perdidos?
Más allá de las técnicas, Monesma reivindica la actitud de quienes ejercían estos oficios:
'Me gustaría que los jóvenes reflexionaran sobre la humildad y el amor por su trabajo que tenían estas personas. No les importaban las horas que tuviesen que invertir, sino dejar una obra bien hecha'.
Una lección de dignidad que, en tiempos de producción rápida y desechable, nunca ha sido tan necesaria.