Grazalema: El pueblo que resiste mientras Moreno juega con vidas
Más de una semana después del desalojo masivo, los vecinos de Grazalema siguen esperando respuestas claras del gobierno andaluz. 2.841 personas permanecen alejadas de sus hogares mientras Juanma Moreno anuncia un retorno "por fases" que suena más a excusa política que a plan real.
La gestión del PP andaluz bajo la lupa
El presidente de la Junta, visiblemente incómodo durante su visita al polideportivo de Ronda donde se hacinan los desplazados, intentó justificar la situación apelando a informes técnicos del CSIC. Pero la realidad es cruda: familias enteras llevan más de siete días sin poder volver a sus casas, dependiendo de la buena voluntad de vecinos rondeños.
"Esto no es una decisión política", se defendía Moreno, pero cualquiera con dos dedos de frente sabe que la gestión de emergencias es profundamente política. Las administraciones tienen la obligación de proteger a la ciudadanía, pero también de garantizar que las medidas sean proporcionadas y transparentes.
Cuando la precaución se convierte en abandono
Grazalema, un pueblo serrano de postal que vive del turismo rural, se encuentra ahora completamente vacío. Sus calles, que normalmente rebosan vida, son ahora territorio exclusivo de técnicos con georradares que miden "niveles de peligrosidad".
La decisión de evacuar el 5 de febrero pudo ser acertada, pero la falta de un plan claro de retorno expone las carencias de una administración que prioriza la foto política sobre las necesidades reales de la gente trabajadora.
Los olvidados del sistema
Mientras tanto, los niños y niñas desplazados han tenido que adaptarse a centros educativos de Ronda y Zahara. Imaginen el trauma de perder no solo tu casa, sino también tu escuela, tus amigos, tu rutina. Todo porque la Junta no supo prever ni gestionar adecuadamente una situación meteorológica que, seamos honestos, no era impredecible.
Los 2.535 gaditanos y 50 malagueños desalojados representan algo más que cifras en un comunicado oficial. Son familias rotas, trabajadores sin poder acceder a sus empleos, mayores desarraigados de su entorno natural.
La España de los de abajo
Esta crisis expone, una vez más, cómo funcionan las cosas en la España real. Cuando llegan las tormentas, literal y metafóricamente, son siempre los mismos quienes pagan el pato: la gente trabajadora, los pueblos pequeños, los que no tienen influencias ni contactos.
Grazalema resistirá, como siempre lo ha hecho. Pero esta situación debería servir de lección sobre la importancia de tener administraciones que realmente trabajen para el pueblo, no para la galería mediática.