Los Reyes Católicos, esos que los manuales de historia venden como adalides de la fe y la unidad de España, promovieron durante su reinado una tupida red de prostíbulos públicos para controlar sus dominios y premiar a sus capitanes leales. Lo cuenta Xataka en un repaso a las mancebías de los siglos XV y XVI, y el dato es tan jugoso que merece una pausa antes de seguir con cualquier defensa de la tradición.
El caso más llamativo es el de Alonso Yáñez Fajardo, alias El Granadino, un capitán que en 1490 recibió de Isabel y Fernando el monopolio de los burdeles del Reino de Granada como pago por su ayuda militar en la toma de Loja y en las campañas previas a la caída de la ciudad en 1492. A ese privilegio los soldados de la época le pusieron nombre sin pelos en la lengua: putero mayor del reino.
Una corona que cobraba dos veces
La jugada no era solo una prebenda para nobles agradecidos. Como recuerda la historiadora Milagros León en un artículo de 2022 sobre las mancebías castellanas, la Corona rentabilizó el negocio carnal y lo convirtió además en una válvula de escape social, una forma de aplacar conflictos en un reino convulsionado por las bandas señoriales y los rufianes del siglo XV.
La vinculación de las bandas señariales y los rufianes creó un clima de conflicto generalizado muy presente en las políticas de pacificación del Reino durante el siglo XV, explica la historiadora Milagros León.
La Corte no se anduvo con remilgos. En las Cortes de Madrigal de 1476, los Reyes Católicos dictaron que las prostitutas clandestinas pagaran el doble que las registradas: 24 maravedíes anuales frente a 12. Es decir, legislación expresa para que el fornicio se concentrara donde el Estado decidió que debía estar.
Las Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, ya tenían experiencia en usar la ley como herramienta de control social más allá de los lupanares, así que el paso de la represión a la gestión administrativa del sexo venal no les resultó nada ajeno.
Del putero mayor a las boticas de Sevilla
Fajardo, hijo bastardo del alcaide de Lorca, gestionó el negocio a través de administradores que favorecieron todo tipo de desmanes. Cinco siglos después, se le recuerda menos por su grado de oficial que por sus burdeles: la historia le ha bautizado como el señor de las putas.
El modelo se extendió por todo el sur. Los Reyes Católicos instaron a villas como Écija, Carmona o Cádiz a crear mancebías municipales, según explicaba en 2000 el historiador Andrés Moreno Mengíbar en El País. Para legislar el conjunto de Castilla se tomaron como modelo las ordenanzas de Sevilla, que acogía el burdel más concurrido del país y donde, a mediados del XVI, llegó a haber cerca de un centenar de boticas, como se conocía a las casas donde las trabajadoras pagaban alquiler.
La regulación obligaba a controlar la salud de las meretrices y a abonar el llamado derecho de perdices, la renta que las trabajadoras pagaban a los alguaciles del concejo a cambio de protección. Un impuesto sobre cuerpos de mujeres, con la Iglesia y el poder civil repartiéndose el negocio.
Valencia, el macroburdel de Europa
Si el XVI tenía una capital del mercado carnal europeo, era Valencia. El viajero flamenco Antonie de Lalaing lo visitó en octubre de 1501 y quedó estupefacto: acogía entre 200 y 300 trabajadoras. Es grande como un pueblo pequeño, escribió el cortesano, que describió varios hostales repartidos por varias calles, todos organizados.
Madrid no se quedaba atrás. Se dice que bajo Felipe III la ciudad repartía 800 burdeles, abiertos día y noche, con requisitos bien definidos para las mancebas: tener más de 12 años, ser huérfana o de padres desconocidos y no proceder de cuna noble. La permisividad duró hasta que Felipe IV, el Rey Planeta, se escandalizó en 1623 al conocer la vida disoluta del embajador otomano y arrancó una larga etapa de restricciones.
Ironía de la historia: el mismo monarca moralista era un libertino que, según los cálculos, dejó entre 20 y 46 hijos ilegítimos. La moral pública era para los demás, entonces y ahora.
La santa hipocresía de siempre
El episodio destapa una constante de la historia de España: el poder, incluido el más católico, no ha tenido nunca problema en administrar, gravar y explotar aquello que condena en público. San Agustín ya hablaba de la prostitución como un mal menor, y sus majestades trasladaron esa doctrina a un sistema estatal de burdeles con el que financiaron capitanes, pacificaron reinos y llenaron arcas.
La pacificación del Reino de Granada tras la conquista, con el reparto de monopolios carnales entre la pequeña nobleza leal, encaja además en el patrón de control que la Corona aplicó sobre los territorios recién ocupados, un esquema de gobierno que luego se replicaría a gran escala en Ultramar, como ocurrió con el Virreinato del Perú.
La próxima vez que alguien invoque la España de los Reyes Católicos como paradigma de virtud, conviene recordar que aquella España se administraba, literalmente, con una red estatal de prostíbulos y un cargo oficial de putero mayor. La historia oficial siempre fue más pudorosa que la real.
Preguntas frecuentes
¿Quién fue el putero mayor del reino?
Alonso Yáñez Fajardo, capitán de los Reyes Católicos, recibió en 1490 el monopolio de las mancebías del Reino de Granada como recompensa por su papel militar en las campañas de Loja, Baza, Málaga y Almería.
¿Por qué los Reyes Católicos legalizaron los burdeles?
Según la historiadora Milagros León, para rentabilizar el negocio en favor de la Corona, premiar a la nobleza leal y usar la prostitución regulada como válvula de escape social en territorios convulsos.
¿Cuántos burdeles había en la España de los Austrias?
Según los datos recogidos por Xataka, Sevilla tenía cerca de un centenar de boticas a mediados del XVI, el lupanar de Valencia acogía entre 200 y 300 trabajadoras según un viajero flamenco de 1501, y Madrid llegó a contar unos 800 burdeles bajo Felipe III.
