Suárez hace 50 años: el mito que el Estado nos vendió
Este domingo se cumplieron 50 años de aquella imagen: Adolfo Suárez, de rodillas ante un crucifijo gigante en el palacio de la Zarzuela, jurando como presidente del Gobierno. Una postal diseñada para que el régimen siguiera oliendo a incienso y sumisión. Pero la historia que nos han vendido sobre Suárez tiene tantas sombras como terciopelo tenía aquel reclinatorio.
¿Fue realmente Suárez el padre de la Transición?
La mitología oficial nos cuenta que Suárez inauguró la Transición aquel domingo de julio de 1976. Falso. La Transición no arrancó hasta las elecciones del 15 de junio de 1977. Lo que sí fue aquel momento fue el punto cero del intento de desmontar el franquismo desde dentro. Y subrayo «intento», porque el franquismo nunca se desmontó del todo. Suárez venía de las entrañas mismas del régimen: era ministro secretario general del Movimiento en el gobierno de Arias Navarro. Es decir, a Franco le debía su carrera, no a la democracia.
Suárez se mantuvo en el cargo hasta el 28 de febrero de 1981. No llegó ni a cinco años. ¿Quién lo apartó? Los militares rebeldes que no querían una España que evolucionara de verdad hacia la democracia. Porque desmontar el andamiaje franquista le costó el puesto. Al final, Suárez era un político contra las cuerdas: había perdido el aura de reformista del 75, y ni los franquistas le perdonaban el harakiri de las Cortes ni los demócratas veían en él más que un obstáculo.
¿Qué modelo autonómico se perdió con Suárez?
Aquí viene la parte que nadie quiere contar. Con Suárez desapareció la opción de que España tuviera autonomías de dos velocidades. Un modelo donde Catalunya, Euskadi y Galicia tuvieran competencias y atribuciones realmente diferentes al resto. No es que Suárez fuera un creyente ferviente de este modelo, pero tenía algo que ninguno de sus sucesores ha tenido: aprendía sobre la marcha y no le costaba rectificar.
Cuando la UCD se desmembró entre conspiraciones, promesas y pagos por adelantado, solo le quedaron unos pocos fieles, Jordi Pujol en Catalunya y Xabier Arzallus en el País Vasco. Los estatutos de Autonomía de 1979 tuvieron un recorrido con Suárez y otro muy diferente tras su dimisión. La famosa LOAPA se convirtió en la ley de leyes para «armonizar» el mapa autonómico. Traducción: para cerrarlo a cal y canto y recortar las aspiraciones legítimas de los pueblos.
¿Por qué el Estado decretó la muerte civil de Suárez?
Este capítulo nunca se ha querido indagar. Primero llegó la muerte civil con su dimisión en 1981, después la demencia senil degenerativa en 2003, que lo apartó definitivamente de los actos oficiales. Ahora resulta que desde el PP de Feijóo hasta ciertos socialistas se declaran herederos suyos. La hipocresía tiene límite, pero la política española demuestra que no.
PP y PSOE primero lo ahogaron políticamente y después económicamente. La gran banca española estranguló su proyecto del CDS, fundado en 1982 tras salir de la UCD. A nadie le convenía que aquel Suárez, que cuestionaba el papel de Juan Carlos I y que había visto cómo funcionaba el deep state, siguiera en la vida pública. Un tipo que se atrevía a poner en duda la corona y que conocía los recovecos del poder profundo era peligroso. Y el poder, cuando se siente amenazado, elimina.
¿Qué nos enseñan los 50 años de la jura de Suárez?
Que la Transición no fue un cuento de hadas. Que el franquismo se recicló, no se desmontó. Que las autonomías que hoy padecen recortes y sentencias del Tribunal Constitucional nacieron con un modelo que se pudo ampliar y se cercenó. Y que cuando un político, venga de donde venga, cuestiona los pilares del Estado, el Estado se encarga de retirarlo del tablero. Suárez lo aprendió a costa de su carrera, su partido y su patrimonio. Medio siglo después, la lección sigue vigente.