El 14 de octubre de 1570, hace ahora 456 años, Felipe II ordenó notificar a un embajador extranjero su sentencia de muerte en una celda del castillo de Simancas. Dos días después, en la madrugada del 16 de octubre, Floris de Montmorency, barón de Montigny, moría en secreto con el garrote vil. La Corona llegó a contratar a un médico para certificar que el noble flamenco había fallecido de unas simples calenturas. Según ha recordado La Razón en su repaso histórico, fue uno de los encubrimientos más cínicos del reinado del monarca más frío de la casa de Austria.
La historia merece repaso, porque dice mucho de cómo se ejercía el poder entonces. Y de por qué conviene desconfiar siempre de las versiones oficiales.
Una embajada de paz que acabó en arresto
En 1566 los Países Bajos estaban al borde de la insurrección. Las tensiones religiosas y el descontento de la nobleza local con el absolutismo de la Corona habían convertido el territorio en un polvorín. Para frenar la crisis, la gobernadora Margarita de Parma envió a Madrid a dos nobles católicos y moderados: el marqués de Berghes y el propio Montigny. Su misión era clara: convencer al rey de que suavizara la represión contra los protestantes y retirara las tropas españolas.
Felipe II los recibió con una frialdad glacial. Mientras la rebelión estallaba en Flandes, el monarca decidió retenerlos en España. Una embajada diplomática se convirtió, de facto, en un arresto encubierto. Berghes murió poco después por causas naturales. Montigny no tuvo esa suerte.
Tras la llegada del duque de Alba a los Países Bajos y la ejecución pública en Bruselas del conde de Egmont y del conde de Horn, hermano de Montigny, el barón fue encarcelado formalmente, primero en el alcázar de Segovia y después en Simancas. El Tribunal de los Tumultos lo juzgó en rebeldía y lo condenó a morir decapitado por lesa majestad y traición.
Por qué el rey prefirió matar a oscuras
Aquí empieza lo sórdido. Ejecutar públicamente a otro gran noble flamenco presentaba dos problemas políticos graves para Felipe II, según detalla La Razón. El primero, la reacción internacional: estaba a punto de celebrarse su boda con su cuarta esposa, Ana de Austria, que estimaba a Montigny y había rogado explícitamente por su vida. El segundo, la guerra: otra ejecución en abierto habría enardecido todavía más a los rebeldes de los Países Bajos.
La solución del rey fue un montaje meticuloso. El 14 de octubre de 1570 se le notificó oficialmente la sentencia en su celda. En la madrugada del 16 de octubre se ejecutó en el más absoluto secreto mediante garrote vil. Después, la maquinaria del encubrimiento: un médico de confianza testificó que el barón sufría calenturas, se hizo correr la versión de la muerte por enfermedad y hasta se le permitió ser amortajado con el hábito franciscano y enterrado con honores propios de su rango. Todo para salvar las apariencias ante la nueva reina y ante Europa.
Un crimen de Estado con acta falsa incluida. Los billetes autógrafos del rey dictando los pormenores del garrote vil y las actas falsificadas se guardaron, con celo absoluto, en el archivo general del castillo. El encubrimiento funcionó a corto plazo, pero dejó un rastro documental impecable. En el siglo XIX, cuando los historiadores accedieron libremente al Archivo General de Simancas, las cartas y órdenes originales de Felipe II salieron a la luz y desmontaron la versión oficial de la Corona.
Las consecuencias: adiós a la diplomacia, hola a la guerra
El asesinato de Montigny marcó un punto de no retorno en la Guerra de los Ochenta Años. Al retener e incomunicar a un embajador oficial enviado en misión de paz, Felipe II rompió las reglas fundamentales de la diplomacia europea de la época. Los rumores sobre su encarcelamiento y desaparición confirmaron a los rebeldes liderados por Guillermo de Orange que no había posibilidad alguna de pacto con Madrid.
La línea dura personificada por el duque de Alba se impuso por completo y eliminó cualquier opción moderada en Flandes. El resultado fue una guerra larga, sangrienta y ruinosa que acabaría costando a la Monarquía Hispánica buena parte de sus territorios del norte de Europa.
Además, la farsa médica y el entierro fingido alimentaron la propaganda de la llamada Leyenda Negra. Con los años, los disidentes españoles y los enemigos del Imperio en Inglaterra, Francia y los Países Bajos usaron el destino de Montigny, junto a la misteriosa muerte del príncipe Carlos, hijo del rey, para retratar a Felipe II como un monarca tiránico y despiadado, capaz de asesinar en la sombra a sus propios enviados. La
