Un estudio de la Universidad de Virginia publicado en la revista Psychology of Consciousness: Theory, Research, and Practice ha detectado un patrón estadístico llamativo en 1.678 expedientes de niños que dicen recordar una vida anterior: cuanto más inesperada fue la muerte de la persona con la que el menor se identifica, menos tiempo pasó hasta su nacimiento.
La investigación, dirigida por la especialista en neurociencia cognitiva Saeedeh Sadeghi, revisó un archivo de más de sesenta años de testimonios recopilado por la División de Estudios Perceptuales de la facultad de Medicina de la UVA. El hallazgo no demuestra que exista la reencarnación, pero los propios autores reconocen que la asociación se mantiene incluso tras descartar factores culturales y sociales, y eso ya es bastante para perderle el respeto a un domingo por la tarde.
De sesenta años de testimonios a un dato que incomoda
El archivo empezó en los años sesenta de la mano del psiquiatra Ian Stevenson, que recorrió medio mundo documentando casos de niños que, sin que nadie se lo hubiera contado, describían vivencias de personas fallecidas. Del total inicial de 2.254 expedientes, el equipo se quedó con los 1.678 en los que se pudo identificar a una persona real cuya biografía encajaba con lo que contaba el pequeño.
Según La Razón, que ha difundido los detalles del estudio, el equipo se centró en una variable concreta: el llamado tiempo de intermisión, es decir, los años que pasan entre la muerte de la persona identificada y el nacimiento del niño que dice recordar su vida.
El resultado fue desconcertante. Las muertes repentinas tendían a asociarse con intervalos mucho más cortos. En los casos de fallecimientos completamente imprevistos, la media bajaba a apenas 12 meses, según recoge Digoreste Notícias. El perfil de la muestra también llama la atención: alrededor del 57% de las muertes fue no natural, el 68% fue calificada de completamente inesperada y la edad media de los fallecidos era de solo 30 años, una proporción de muertes violentas muy superior a la de las estadísticas generales de mortalidad.
Los casos que dieron la vuelta al mundo
Para entender de qué hablamos, la revista Popular Mechanics destacó dos expedientes famosos. James Leininger, un niño de Luisiana, empezó con pesadillas de un avión en llamas y a los tres años dijo haber sido piloto en la Segunda Guerra Mundial; nombró el portaaviones Natoma Bay y a un compañero llamado Jack Larsen. Los investigadores lo relacionaron con James Huston Jr., un aviador estadounidense derribado sobre el Pacífico en 1945.
El segundo caso es el de Ryan Hammons, de Oklahoma, que con cuatro años se reconoció en una fotografía del Hollywood de los años treinta. Su relato se vinculó con Marty Martyn, un agente cinematográfico ya fallecido, y los investigadores comprobaron la correspondencia de 55 detalles mencionados por el niño con la biografía documentada de Martyn.
¿Mandan las creencias de las familias?
La explicación más cómoda era cultural: las familias que creen en la reencarnación interpretarían cualquier frase rara de un niño como un recuerdo de otra vida. Los investigadores lo comprobaron todo, el posible contacto entre familias, la calidad de la información biográfica, las creencias religiosas y el acceso previo de los menores a los datos que luego contaban.
La asociación siguió apareciendo. Y aquí viene lo mejor: era todavía más pronunciada en las familias cuyas creencias religiosas ni siquiera contemplan la reencarnación, según informó la propia UVA Health. Philip Cozzolino, psicólogo social de la universidad, interpretó el dato como un argumento contra la hipótesis cultural. Sadeghi añadió que la relación se mantenía al ampliar la muestra y que las variables sociales y psicológicas examinadas no explican por completo el fenómeno.
No es un argumento definitivo, ojo. El escéptico lector tiene munición de sobra: como recoge Next Level Soul, estudios como los de Nicholas Spanos en 1991 o los de Robert Baker concluyeron que las llamadas vidas pasadas se construyen socialmente, y que creer en la reencarnación es el principal predictor de declarar haber tenido una. En los casos más convincentes, los expertos detectaron después errores históricos o casualidades con novelas.
Lo que el estudio no demuestra
Serios donde hay que serios: Sadeghi subraya que se trata de un estudio observacional y que el equipo mantiene una posición neutral sobre el mecanismo que podría explicar los datos. En ningún momento la investigación afirma que la conciencia sobreviva a la muerte.
Además, la correlación es débil. Conocer si el fallecimiento fue inesperado explica solo entre un 2% y un 3% de las diferencias en los tiempos de intermisión, según los autores. Hay muchos otros factores sin identificar.
Los investigadores también mencionan un paralelismo cultural con ciertas tradiciones hindúes, budistas y de pueblos indígenas de Norteamérica, donde la muerte repentina se asocia con vínculos u obligaciones pendientes que favorecerían un regreso más rápido. Lo dicen como curiosidad, no como explicación. Marieta Pehlivanova, investigadora citada por UVA Health, coincide con Sadeghi en que esa ausencia de explicación es justo el motivo para seguir estudiando los casos, algo que también ha destacado Jornal Grande Bahia.
Preguntas frecuentes
¿Qué ha descubierto exactamente la Universidad de Virginia?
Que en 1.678 expedientes de niños que dicen recordar vidas anteriores existe una asociación estadística: cuanto más inesperada fue la muerte de la persona identificada, menor fue el intervalo hasta el nacimiento del niño.
¿Demuestra el estudio que la reencarnación existe?
No. Es un estudio observacional, la correlación es débil (explica entre un 2% y un 3% de las diferencias) y los autores mantienen una posición neutral sobre el mecanismo.
Quién recopiló estos testimonios?
La División de Estudios Perceptuales de la facultad de Medicina de la Universidad de Virginia, desde los años sesenta, bajo el impulso inicial del psiquiatra Ian Stevenson.
