El 31 de octubre de 1214 moría en Burgos Leonor de Plantagenet, reina consorte de Castilla, a los 54 años y apenas 26 días después del fallecimiento de su esposo, Alfonso VIII. La reina, consumida por la tristeza, ni siquiera pudo asistir al entierro del monarca. Ocho siglos después, su figura sigue siendo una de las más potentes de la Edad Media española, y así lo recuerda un reportaje publicado por La Razón con motivo del aniversario.
Leonor no fue una reina de adorno, de esas que aparecen en los manuales como una nota al pie del rey. Su firma figura al mismo nivel que la de Alfonso VIII en los documentos oficiales del reino, algo impensable para la mayoría de las consortes de su tiempo. Gobernaron juntos, firmaron tratados juntos y, según los cronistas de la época, se quisieron de verdad durante 44 años. En un siglo donde los matrimonios reales eran contratos políticos sin una gota de afecto, esto era tan raro como un obispo sin tierras.
La hija de Leonor de Aquitania que trajo el gótico a Castilla
Leonor de Plantagenet era hija de dos personas nada discretas: Enrique II de Inglaterra y Leonor de Aquitania, la mujer más formidable del siglo XII. Con ella llegó a la península la sofisticación cultural de la corte aquitana, la poesía de los trovadores y un gusto por el arte que transformó Castilla de arriba abajo.
Su huella cultural se apoyó en tres pilares. El primero, la introducción del arte gótico: bajo su influencia directa entraron las corrientes arquitectónicas francesas que dieron origen a las primeras construcciones góticas de la península. El segundo, la fundación del Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas en Burgos en 1187, que se convirtió en panteón real de la monarquía castellana y en uno de los monasterios femeninos con más poder político y civil de Europa, con abadesas que tenían una autoridad casi equiparable a la de un obispo. El tercero, la diplomacia dinástica: colocó a sus hijas en los tronos de media Europa.
Y no hablamos de un poder de salón. Leonor tuvo un papel destacado en el apoyo logístico y moral que culminó en la Batalla de Las Navas de Tolosa en 1212, el punto de inflexión decisivo de la Reconquista. Mientras los reyes se repartían la gloria militar, ella sostenía la maquinaria del reino.
La abuela de Europa del siglo XIII
Según el repaso de La Razón, Leonor educó a sus hijas bajo el modelo de liderazgo de su propia madre, y el resultado cambió el mapa político del continente. Berenguela de Castilla fue clave en la unión definitiva de Castilla y León y madre de Fernando III el Santo. Blanca de Castilla se convirtió en reina de Francia por su matrimonio con Luis VIII y en una de las regentes más brillantes de la historia francesa, además de madre del rey San Luis. Urraca fue reina consorte de Portugal y Leonor de Castilla, reina consorte de Aragón.
Por eso los historiadores la llaman la gran abuela de Europa del siglo XIII. Una mujer que, desde Burgos, movió los hilos de Francia, Portugal, Aragón y Castilla sin levantar la voz.
Un amor real con documentos y sin amantes
Aquí viene lo más sorprendente para quien esté acostumbrado a las costumbres monárquicas de siempre. No se conoce ninguna relación extramatrimonial ni descendencia fuera del matrimonio por parte de Alfonso VIII, algo tan excepcional que los cronistas de la época lo destacaron como muestra de devoción. Nada de amantes oficiales, nada de bastardos repartidos por la corte. Fidelidad absoluta durante 44 años.
Alfonso VIII convirtió a Leonor en su principal consejera. Confiaba tanto en su criterio que, en su testamento original, estipuló que si él moría, Leonor quedaría como regente única del reino. Es decir: un rey medieval del siglo XII dejaba el país en manos de su esposa. Que se lo cuenten a los que aún sostienen que las mujeres no han gobernado nunca.
Los dos compartían las mismas pasiones culturales y espirituales. El nacimiento del arte gótico en Castilla y la fundación de Las Huelgas no fueron proyectos individuales, sino una empresa conjunta. Disfrutaban juntos de la poesía de los trovadores, la corriente que Leonor introdujo desde Aquitania, y convirtieron la corte castellana en un foco de refinamiento europeo.
Morir de pena, literalmente
La historia tiene un final que parece de novela romántica, pero ocurrió. Tras la muerte de Alfonso VIII a principios de octubre de 1214, Leonor cayó en una profunda tristeza. La debilidad que le produjo el dolor le impidió asistir al entierro de su esposo en el Monasterio de las Huelgas. Falleció 26 días después, el 31 de octubre de 1214.
Hoy ambos descansan juntos en un sepulcro doble gótico en el coro del monasterio que fundaron. Unidos en la eternidad tal y como gobernaron en vida, como resume el reportaje de La Razón.
Una tradición de reinas con poder propio
Leonor inaugura una estirpe de mujeres con corona y con criterio propio en la historia de España, una línea que a menudo se ha tergiversado o minusvalorado. Berenguela consolidó la unión de Castilla y León. Siglos después, Isabel I de Castilla reinaría entre 1474 y 1504, según recoge Wikipedia, y una exposición en Toledo sobre Juana I de Castilla, mal llamada la Loca, revela ahora su faceta más culta a través de su biblioteca, según Okdiario. Incluso Isabel II llegó a reinar entre 1833 y 1868, aunque su memoria popular sea otra cosa.
La pregunta que queda flotando es por qué Leonor de Plantagenet no ocupa en el imaginario popular el lugar de otros reyes con menos méritos. Quizá porque la historia oficial siempre ha preferido contar las batallas y no a quienes sostenían el reino mientras se libraban. O quizá porque una reina que firmaba como el rey, fundaba monasterios con poder episcopal y moría de amor incomoda a más de un relato tradicional.
Lo único seguro es que el 31 de octubre de 1214 Castilla perdió a su reina más influyente. Y que en el coro de Las Huelgas, en Burgos, siguen los dos juntos, como mandaba el amor y como casi nunca mandó la corona.
