Las protestas vecinales contra los narcopisos de la Avenida de Sama, en Mieres, han puesto sobre la mesa un problema que la izquierda no puede seguir dejando en manos del relato punitivo de Vox y el Frente Obrero. La crónica la firma La Nueva España Digital en su tribuna Narcopisos de la miseria, y el diagnóstico es incómodo pero claro: los adictos no son el enemigo, son la primera víctima de una cadena que empieza en países pobres y muere en un portal de cualquier barrio obrero.
Vecinos y vecinas de Mieres llevan días movilizados contra viviendas ocupadas por consumidores en situación extrema. Nadie niega el problema de convivencia, ni la tensión diaria en las escaleras, ni el miedo legítimo de quien vive al lado. Pero hay una diferencia entre pedir soluciones y señalar al pobre. Y esa diferencia, en 2026, la están marcando grupos de odio como el Frente Obrero y partidos como Vox, que se están apropiando de las protestas para arrastrarlas hacia su orilla de fobias.
De la heroína de los ochenta a la cocaína de hoy
La historia debería servir de algo. A principios de 2026 publicó su autobiografía el músico madrileño Josele Santiago, líder de Los Enemigos y superviviente de la epidemia de heroína que segó la vida de media generación en los ochenta y noventa. En una entrevista en El Sótano de Radio 3, Josele contó una conversación de tres horas con otro adicto, en un poblado, los dos esperando para pillar heroína. ¿El tema? La literatura de Jorge Luis Borges.
La epidemia atrapó a gente lista, gente que se aburría, gente que imitaba a ídolos que componían himnos a la droga. Morfi Grei lo contó: si a Keith Richards y a Lou Reed no les pasaba nada, ¿por qué iba a pasarles a ellos? La realidad fue tozuda, distinta y dramática. Esos años quedaron retratados en la biografía del periodista Oriol Llopis y en las letras de Eskorbuto o Cicatriz.
Tras la invasión de Afganistán por Estados Unidos, el mercado mundial de la heroína colapsó. Llegaron nuevas rutas por Turquía y Marruecos, pero con mercancía de peor calidad. Y entonces llegó la gran transformación: del marrón al blanco. La cocaína, antes droga de clase alta con precio prohibitivo, se abarató y se democratizó. Hoy la consume todo el mundo: drogadictos pobres, profesionales liberales, clase obrera, clases altas.
La farlopa, indicador de desigualdad mundial
La cocaína se produce en países pobres y se consume en países ricos. Es, como apunta La Nueva España Digital, un gran indicador de la desigualdad mundial. Y Europa es uno de los mejores ejemplos de consumo, con lugares como Amberes, Huelva o Rotterdam convertidos en infiernos para las fuerzas del orden.
El fenómeno no es solo asturiano ni mucho menos. En Barcelona, según La Vanguardia, la irrupción del crack y otras drogas ha agravado la crisis de convivencia del barrio Sant Antoni. Los comerciantes del barrio cuentan que el alcalde les explicó que Guardia Urbana y Mossos cerraron tantos narcopisos en el Raval que quienes allí se drogaban ahora lo hacen en sus calles. El problema no se resuelve echando a la gente de un barrio a otro: se muda.
En Madrid, la cosa tiene apellidos. Según ABC, la limpieza de un narcopiso permitió localizar a un padre y un hijo buscados por apuñalar a un primo. Los Jiménez, uno de los clanes más poderosos de la Cañada Real, manejan una red de narcopisos que ha forzado la instalación de cámaras de videovigilancia en el barrio de Simancas. Es decir: mientras se persigue al consumidor, los clanes siguen haciendo negocio.
Criminalizar al débil es facilitar el negocio de las mafias
Aquí está la trampa discursiva. Criminalizar a los consumidores de los llamados narcopisos de la miseria es ir a por el eslabón más débil de la cadena. Las mafias de la droga son los principales beneficiarios de toda esa demanda transversal; en lo más bajo, los drogadictos. La izquierda parlamentaria y los movimientos de clase no pueden caer en el error de asumir el marco del orden y la seguridad, como si esto fuera un problema estrictamente policial, cuando es un problema de justicia social, desigualdad y falta de servicios públicos.
Los datos, además, desmontan el relato de la inseguridad. Las estadísticas oficiales sitúan la tasa de criminalidad convencional en España en 40,4 delitos por cada mil habitantes, la más baja de toda la serie histórica de Europa. Asturias es la segunda comunidad con menor tasa de criminalidad del país, con índices de seguridad ciudadana excepcionales. Mieres no es un lugar inseguro; es un lugar con cocaína, que es distinto, y la cocaína la consume mucha gente, también la que firma discursos sobre seguridad.
¿Cuántos accidentes de tráfico guardan relación con el consumo de coca? ¿Cuánta violencia de género? ¿Cuánta violencia doméstica? El problema no está en el portal de la Avenida de Sama: está en toda la cadena, desde la producción hasta el consumo de fin de semana en los barrios bien.
Soluciones desde la raíz, no desde el punitivismo
Frente al punitivismo de la extrema derecha, que persigue al más débil, una izquierda transformadora debe plantear soluciones desde la raíz y confrontar el relato reaccionario con datos reales. Empezando por arrancar el estigma, como pedía Josele Santiago, y siguiendo por una mayor presencia de profesionales de la integración, del trabajo social y de la salud mental. Donde hoy hay una patrulla, debería haber un trabajador social; donde hay una cámara, un centro de atención a las adicciones.
Y de fondo, una cuestión que la comunidad científica, jurídica, sociológica y el tejido asociativo vecinal llevan años respaldando: la regulación y la legalización de las drogas como vía para acabar con las mafias y la desigualdad. Puede que así superemos la Historia Triste que cantaban Eskorbuto.
¿Lo solicitamos en el próximo Pleno?
Preguntas frecuentes
¿Qué son los narcopisos?
Son viviendas, muchas veces okupadas, donde se concentran consumidores de drogas en situación de exclusión. Generan problemas de convivencia vecinal, pero sus ocupantes son, según las organizaciones sociales, las principales víctimas de la cadena del narcotráfico.
¿Es insegura Mieres?
No. Según las estadísticas oficiales citadas por La Nueva España Digital, Asturias es la segunda comunidad con menor tasa de criminalidad convencional de España, y la tasa nacional, de 40,4 delitos por cada mil habitantes, es la más baja de la serie histórica europea.
¿Quién se beneficia del consumo de cocaína?
Las bandas criminales y las mafias de la droga, que son los principales beneficiarios de una demanda que atraviesa todas las clases sociales, mientras el coste humano lo pagan los adictos y sus familias.
