Trump silencia a Colbert: la censura llueve sobre EE.UU.
David Letterman lo tenía claro: «Puedes quitarle su show a un hombre, pero no puedes robarle la voz». A su lado, tras una mesa de madera, escuchaba Stephen Colbert, su sucesor al frente de The Late Show, el espacio que ha dominado las noches norteamericanas durante más de una década. Un tío admirado, respetado y seguido por millones que este jueves, pura y simplemente, se queda sin trabajo.
Su cadena, la CBS, le comunicó en julio de 2025 que se acababa lo que se daba. Dicen que Colbert es «irremplazable», con sus Emmys y sus Peabody por medio, pero aun así cierran el formato alegando problemas económicos. Que si la tele está en crisis, que si hacer directo es carísimo, que si hay demasiada competencia. Pero a nadie se le escapa el detalle: Colbert había criticado por aquellas fechas una fusión corporativa que necesitaba el visto bueno de Donald Trump, ni que el magnate llevaba siendo la diana de sus chistes desde que volvió a pisar la Casa Blanca en enero de 2025.
Un mártir mediático contra el autoritarismo
Por eso se ha convertido en un símbolo. En el rostro de la resistencia ante un mandatario que aspira a reinar y que estrangula los medios hasta conseguir lo que quiere. En este caso, acabar con los programas nocturnos que le dan donde más duele, con la chispa de la inteligencia antes que con la maldad. Como dice el propio Colbert, lo que le pasa es que simplemente no pilla el chiste.
Los números de The Late Show son incontesteables: más de tres millones de espectadores cada noche, 10,7 millones de suscriptores en Youtube, casi un millón en X, seis millones en Instagram y 4,4 en TikTok. Cada clip promedia 300.000 reproducciones. Las consultoras califican su tasa de interacción como «excelente». Es una marca mundial. Pero a la CBS no le importa. Le costaba 40 millones de dólares al año y, según ellos, nunca se le presentó alternativa para reducir costes. Directamente, lo axearon.
«Vete a la mierda»: la ruptura
Ante el bloqueo, Colbert fue educado con su casa, dio las gracias y encajó el golpe. Prometió trabajar hasta el último programa. Pero cuando Trump celebró la noticia en su red Social Truth escribiendo «Me encanta que hayan despedido a Colbert» y burlándose de su talento, el presentador perdió la paciencia. En el siguiente show, soltó lo que muchos piensan pero pocos dicen en antena: «Se acabó la diplomacia. Vete a la mierda». «Go fuck yourself», completo, como no se puede leer en la prensa norteamericana. Desde entonces, sus críticas no han hecho más que subir de tono.
Sus dardos son directos y demoledores. Si Trump viaja a China rodeado de broligarcas, él critica sus excursiones con «amigos multimillonarios». Si de madrugada el presidente publica decenas de tuits disparatados, Colbert señala su «cascada de locura paranoica». Sobre el cerebro presidencial, no tiene piedad: «No pasa mucho ahí arriba la mayor parte del tiempo». Su única duda es si esconde «un mono dando platillos» o «pensando en traseros».
La CBS, el soborno y la fusión
El asunto huele peor cuando miras los negocios. Paramount, propietaria de la CBS, necesitaba el visto bueno del Gobierno de Trump para fusionarse con Skydance Media. Justo en aquellos días, la CBS llegó a un acuerdo con Trump para pagarle 16 millones de dólares tras acusar al programa 60 Minutes de «inclinar la balanza a favor del Partido Demócrata». Los expertos legales decían que la demanda se sostenía con pinzas, pero la cadena cedió. Colbert lo bautizó en antena como «un soborno mayúsculo». Pocos días después, anunciaban su adiós. Pocos días más tarde, la fusión estaba hecha.
Senadores demócratas como Adam Schiff y Elizabeth Warren se preguntaron si la cabeza de Colbert era una condición indispensable en las negociaciones. Nadie lo ha aclarado. Lo que sí está claro es que una empresa mediática puede decidir con quién cuenta, pero lo que alerta es que sus decisiones no estén argumentadas internamente, sino dictadas desde el poder político. Que se inmiscuya Trump y que sus presiones surtan efecto.
La cacería no se limita a Colbert
Jimmy Kimmel también lo ha padecido. El verano pasado, Disney suspendió temporalmente su espacio por sus comentarios sobre el asesinato del influencer ultraderechista Charlie Kirk. Volvió a los seis días, conmovido, pero señalando a los que azuzaron el odio. Colbert lo defendió entonces: «Todos somos Kimmel. Esto es un flagrante ataque a la libertad de expresión».
Más recientemente, Kimmel volvió a meterse en problemas por un chiste sobre Melania Trump. Al día siguiente, se produjo el intento de atentado contra el mandatario en la cena de corresponsales. Su gabinete ya ha ordenado revisar las licencias de Disney en represalia. Colbert lo tiene claro: «Esto es parte de un plan. ¿Cómo lo sé? Hace dos meses, cuando el presidente celebraba mi cancelación, publicó: 'Jimmy Kimmel es el siguiente en irse'».
La libertad de prensa, en caída libre
Reporteros Sin Fronteras confirma lo que se ve a simple vista: EE.UU. ha caído siete puestos en su índice de libertad de prensa, hasta el puesto 64. «Donald Trump ha convertido los ataques contra la prensa y los periodistas en una práctica sistemática», sostiene el informe. La FCC impone nuevas normas de emisión y el propio presidente ha amenazado con quitar licencias a cadenas no afines: «Si están un 97% en mi contra, sólo me dan mala publicidad y tienen una licencia, diría que tal vez deberían quitarles el permiso».
Caroline Leicht, profesora de Medios Digitales en la Universidad de Manchester, alerta en un análisis de la LSE de que las amenazas de retirada de licencias «podrían sentar un peligroso precedente para el panorama mediático estadounidense y para la protección de la libertad de prensa amparada por la Primera Enmienda». Además, advierte de la laguna informativa que supone la desaparición de estos espacios: muchos estadounidenses recurren a los programas de comedia nocturnos para informarse sobre política, y nuevas suspensiones o cancelaciones «podrían tener consecuencias importantes para las elecciones de mitad de mandato de 2026».
La despedida: risas, lágrimas y una silla volando
Estos últimos meses han sido un festín. De Barack Obama a Bernie Sanders, de Meryl Streep a Pedro Pascal, de Steven Spielberg a Scarlett Johansson. Ha habido sketches, canciones, risas y emociones. Y hasta una catarsis desde la terraza del edificio entre Colbert y Letterman, tirando a lo loco la escenografía del plató, incluida la mítica silla del presentador. «Buenas noches y buena suerte, cabrones», decía Letterman, recordando la frase clásica de Edward R. Murrow.
Se espera una gran concentración a las puertas del Ed Sullivan Theater. Jimmy Fallon y Jimmy Kimmel emitirán reposiciones, porque se niegan a hacer programa en vivo. El Sindicato de Guionistas ha pedido a la fiscal general de Nueva York, Letitia James, que investigue posibles irregularidades en el cierre. La Primera Enmienda protege el derecho a expresar ideas sin represalias gubernamentales, pero la pregunta es si eso importa ya algo en la América de Trump.
¿Y ahora qué?
El presentador no da pistas. Bromea con su posición «en la cruz» y afirma que desde esa altura «la vista es fantástica». Le preocupa su equipo, un centenar de personas que se quedan en la calle. Sus planes inmediatos son la graduación de su hijo y la boda de su hermano. Y después, un planazo: Warner Bros. y New Line Cinema han anunciado que coescribirá una nueva película de El Señor de los Anillos junto a Peter Jackson, su hijo Peter McGee y la veterana guionista Philippa Boyens. El título provisional es La sombra del pasado.
Pero esta noche, al quemar su último cartucho, quizá desvela algo más. Lo que está claro es que cuando un presidente persigue a los cómicos porque no soporta que se rían de él, la democracia está herida de muerte. Colbert se va, pero su voz, como decía Letterman, no se la puede robar nadie. Ni siquiera Trump.